OPINIÓN | Un país inclusivo y excluyente

Desde pequeños nos enseñan a querer a nuestra familia, a respetar a nuestros mayores, y entre otras cosas fundamentales, a tener conceptos claros para no divagar por la vida, sin que esto, como actualmente se propaga, arrebate la imaginación ni la creatividad de cada individuo.

Asimismo, que la sociedad más perfecta es la familia, y no me refiero exclusivamente a la compuesta en su forma originaria, porque la historia nos ha enseñado cuántas abuelas, tías, hermanas o algún familiar que por alguna circunstancia han tomado el rol de madre respecto de otros, y en el mismo sentido el rol de padres.

Es sorprendente que la familia, cuya estructura parecía tan estable en la sociedad, enfrente hoy soledad, olvido y menosprecio. Este declive ha ocurrido en el contexto de lo que algunos llaman el avance de la sociedad, una evolución que ha marginado a la familia en favor de diversas luchas sociales (no todas exentas de validez), pero que se han visto empañadas por la avaricia humana, mezclando intereses personales y transnacionales. Así, el artículo 17.1 de la Convención Americana de Derechos Humanos (Pacto de San José), que declara a “La familia (como) el elemento natural y fundamental de la sociedad y debe ser protegida por la sociedad y el Estado”, parece hoy una mera formalidad, una “letra muerta”.

En la actualidad, parece tenemos que regirnos a cómo un Organismo Gubernamental procesa los nuevos conceptos adoctrinados por grupos a los que se les concede lo que desean, fuerzan las ideas, propugnan amenazas bajo la cobija de que ellos son los discriminados. Así, quizá, pronto nos den una enseñanza de qué es una familia, o cómo ser padre o madre, y entiéndase la ironía pues propugnan una libertad dispersa en que el mensaje es, no seas padre, no seas madre, todo tiene que ser dado porque es tu derecho sin ningún tipo de obligación, consecuencia o responsabilidad. Todo esto maquillado en luchas, cuyo trasfondo es válido, pero al perderse la raíz del problema, ya saben muere todo el árbol.

Se está volviendo cada vez más evidente que se alienta a los padres a aceptar un cambio de paradigma donde los bebés, las niñas y los niños son vistos como agentes plenamente independientes, disminuyendo el papel de las madres y los padres. Esto se ejemplifica con la noción de que, a pesar de carecer de la capacidad legal para votar o servir como testigo, un niño supuestamente puede optar por ignorar su sexo biológico. Por lo tanto, una hija, biológicamente niña, podría decidir identificarse como niño y se le permitiría usar el baño de niños, un resultado directo de la desviación de los valores familiares tradicionales que algunos promueven.

Como padres responsables debemos involucrarnos más. Como se dice, comámonos la comida y no el cuento. Escudriñen el propuesto «COPINNA» (Código Orgánico de Protección Integral a Niñas, Niños y Adolescentes) que reemplazará al actual Código de la Niñez y verán cómo se ignora a los padres y a la familia. Asimismo, examinen las sentencias vinculantes de la Corte Constitucional que permiten la imposición de ideologías que buscan desmantelar la familia, el núcleo de la sociedad. No dejemos que nuestra nación sea inclusiva con una minoría a base de ser excluyente con la familia.

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Steven Vilema

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